Dejar de ser quienes somos

Por Gabriela Arenas de Meneses

Desde su aparición en diciembre 2019 en la ciudad china de Wuhan, el COVID-19 ha causado la muerte de más de 251.000 personas en todo el mundo. En tan solo cinco meses el número de contagios sobrepasa los 3.548.000 casos y más de 97 países se encuentran en cuarentena.

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS) entre el 3 y el 4 de mayo 2020 se reportaron 43,691 casos adicionales en 24 horas en América Latina, lo que representa un aumento relativo del 3% en el total de casos en comparación con el día anterior. Esto indica que la mayoría de los países de la región están entrando en la etapa C de contagio “el período en el que los casos diarios confirmados son elevados (más de una persona contagiada por millón de habitantes) y aumentan consistentemente”. Señala Juan Pablo Chauvin, economista investigador en el Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo.

Para aplanar la curva de contagios del COVID-19 cientos de países han adoptado medidas de cuarentena, aislamiento o de distanciamiento social obligatorio. Para muchas personas estas medidas son temporales y una vez que pase la etapa de mayor riesgo, entre dos y seis meses, la vida volverá a la “normalidad”. Sin embargo, son muchos los especialistas que coinciden en que volver a la vida tal como la conocíamos no sólo es poco probable sino perjudicial.

Para el sociólogo y asesor de diversos gobiernos en el mundo, Jeremy Rifkin, “debemos asumir que estamos en una nueva era que requiere que empecemos a cambiar la manera en la que organizamos la economía, la sociedad y los gobiernos. Tenemos que cambiar la forma de ser en este planeta”. Sostiene que esta pandemia está relacionada con la forma en que utilizamos y explotamos los recursos en el planeta. “Hemos tenido otras pandemias en los últimos años y se han lanzado advertencias de que algo muy grave podría ocurrir. La actividad humana ha generado estas pandemias porque hemos alterado el ciclo del agua y el ecosistema que mantiene el equilibrio en el planeta. Hay dos factores que no podemos dejar de considerar: el cambio climático provoca movimientos de población humana y de otras especies; el segundo es que la vida animal y la humana se acercan cada día más como consecuencia de la emergencia climática y, por ello, sus virus viajan juntos”.

Por su parte, David Nabarro, Asesor Especial del Secretario General de la ONU y especialista en epidemias por la OMS, señaló en un encuentro organizado por el Weaving Lab, que el desarrollo de las habilidades humanas (especialmente aquellas necesarias para promover la solidaridad) son prioritarias para lograr las colaboraciones que se requieren para superar la pandemia, especialmente los complejos problemas socio-económicos que está ocasionando.

De acuerdo con Nabarro, para superar estas complejidades se requiere que las personas, las organizaciones y las nuevas iniciativas sociales cambien para ser más colaborativas y estén cómodas con la idea de la incertidumbre. Se requiere reaccionar rápida y articuladamente frente a la emergencia. Es por esto que promueve compartir la información y los análisis realizados por los líderes y organizaciones locales vinculados a las iniciativas globales.

Pero cómo es posible hablar de articulación, colaboración y solidaridad en América Latina, una región donde más del 60% de la población, 130 millones de personas, dependen de la economía informal y del ingreso diario para cubrir sus necesidades básicas.

Una región donde más de 184 millones de personas viven en situación de pobreza y 62 millones en situación de pobreza extrema. Donde, según cifras de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el 5% de la población económicamente activa podría perder sus ingresos a causa de la pandemia.

Cómo hablar de solidaridad, colaboración, articulación, corresponsabilidad y cambio en una región con más de 8 millones de migrantes según según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). 46% de ellos migrantes pendulares sin ningún tipo de acceso a vivienda, servicios de salud y educación.

Una región que sólo alberga “el 13% de la población mundial, pero donde se registran el 42% de todas las víctimas de homicidios del mundo, debido a los problemas de desigualdad, debilidad del sistema judicial y fortaleza del crimen organizado”. Según datos del Estudio Mundial sobre el Homicidio de 2019 publicado este lunes en Viena por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD). Una región con los índices más altos de corrupción en el mundo y donde las tasas de desnutrición crónica infantil superan el 45% en países como Venezuela y Guatemala.

Para lograr soluciones a los retos ocasionados o agravados por el COVID-19 en la región es necesario comprender la situación de vulnerabilidad de la población de América Latina y en especial de Colombia en el marco del aislamiento obligatorio decretado a partir de la pandemia, hay que entender la dimensión de los indicadores de pobreza, densidad poblacional, la situación de las poblaciones vulnerables, el impacto ambiental y los efectos que sobre la salud mental ha tenido el aislamiento y la conflictividad. Hablar únicamente de reactivación económica y tratar de volver a nuestras actividades “tal y cómo eran antes” no solo implicaría un riesgo de contagio muy alto para nuestros países y un potencial colapso del sistema de salud, también podría ocasionar que estos problemas que antes mencionaba, se agraven; convirtiendo la situación de hambre, inestabilidad económica, violencia y vulnerabilidad de la región en una situación mucho más grave que la que veníamos viviendo antes del aislamiento.

Pretender la implementación de las fórmulas utilizadas por Nueva Zelanda, Dinamarca y los países bajos para poner fin a la cuarentena es surrealista en un contexto que dista mucho de sociedades donde los principales retos generados por la pandemia están relacionados con el impacto de la soledad y la ausencia de contacto físico en los ciudadanos. En Colombia, más allá de cuanto extrañe usted a sus familiares y amigos, la reactivación de la economía implica más una posibilidad de salir para generar ingresos que para poder acercarse a esa “burbuja social” que le da felicidad. Esto quizás sea cierto solo para un 20% de la población o menos.

De acuerdo con el “Estudio de solidaridad: respuesta social a las medidas del Gobierno para controlar el nuevo coronavirus durante la etapa temprana en Colombia” realizado por Profamilia, con el apoyo del Imperial College of London, el 75 % de 3,549 encuestados han tenido alguna afectación en su salud mental durante la cuarentena decretada por el gobierno colombiano para hacer frente a la pandemia del COVID-19. El 54 % dice haberse sentido nervioso, el 53 % cansado, el 46 % impaciente y el 34 % ha sentido rabia o ira por el aislamiento, siendo los jóvenes entre los 18 y 29 años los más afectados por la situación”.

Esta situación se suma a la ya larga lista de retos por enfrentar para lograr una reactivación que implique un cambio positivo para nuestro país y para cada uno de nosotros como persona. De acuerdo con el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) “la crisis mundial develada y agravada por la pandemia COVID-19, pone a la vista la gran contradicción existente entre nuestros sistemas económicos y la defensa y protección de la vida y el trabajo” y en este contexto se requieren más que nunca la solidaridad, colaboración, articulación, corresponsabilidad.

Felizmente, a pesar de lo complejo de la situación en la región, el sector privado y los ciudadanos de todas las clases sociales han sido los primeros en demostrar que es posible ser solidario. Ejemplos abundan en toda la región pero hay casos especialmente notables en comunidades donde, a pesar de no tener ingresos económicos, y de depender de las donaciones de alimentos las familias se han organizado para compartir lo que reciben y garantizar que nadie se quede con hambre.

En Colombia, el sector privado y cientos de voluntarios han demostrado que, si se quiere, la articulación es posible; bajo el paraguas de una iniciativa llamada Colombia Cuida Colombia cientos de empresas, organizaciones y personas se han sumado para llevar alimentos a más de 1.200.000 personas en un mes y para distribuir insumos médicos en las regiones más apartadas del país.

La corresponsabilidad se ha puesto en evidencia, no solo por el autocuidado y la consciencia que millones de personas han demostrado tener en la región al respetar las medidas de distanciamiento o aislamiento social, también porque son muchas las voces que se alzan para realizar contraloría social a los gobernantes, para proponer un cambio en los sistemas de transporte y para promover el teletrabajo así como un cambio en el sistema educativo.

En resumen, tal como dice José Ignacio Latorre, Físico Cuántico Español, “en su conjunto la humanidad siempre aprende. Nos queda un saber distribuido que no se pierde. Y aunque a veces parece que repetimos nuestros errores, nuestra sabiduría colectiva aumenta sin cesar. Siempre que lo digo, nadie me cree. Pero no lo duden, seremos más sabios”.
Concuerdo con Latorre, pero considero que seremos más sabios en la medida en que seamos más capaces de dejar de ser quien somos para ser más colaborativos, más empáticos y más responsables los unos por los otros. En la medida en que planteemos soluciones que aprendan de lo global pero se adapten a nuestras realidades locales y en la medida en que la humanidad más importante que la economía y la política.